Ficha técnica:
Título
original: A Space Odyssey. Año: 1968
Director:
Stanley Kubrick. Guión: Arthur Clarke y Stanley Kubrick. Productor: Stanley Kubrick
Duración: 143 min. Color y pantalla cinemascope.
Música: Introducción
de Así habló Zaratustra de Richard Strauss.
Valses de Johan Strauss hijo que acompaña las imágenes del espacio.
2001 habla del cerebro humano
como depósito de la luz y de la materia, pero también de un cerebro prisionero de
valores inadaptados y de pobres recursos en los que ya no cree nadie; es el
momento de la conciencia. El viaje a la luz desemboca en un pasado y en un
futuro remotos para señalar el proceso vital del pensamiento, de la memoria y
del tiempo: la cuarta dimensión. El
monolito es ese cerebro que alberga el instinto y la inteligencia pero también
la pulsión y el pensamiento. Lo que hace todo poderoso al monolito es su
información opaca, impenetrable, insoslayable, y lo que sobreviene con el
asombro ante el descubrimiento de la inteligencia, el momento de la conciencia,
ya no es el instinto animal sino la pulsión agresiva, la competencia, la lucha
por el poder, el asesinato y la mentira. El monolito-cerebro está en la vastedad
infinita pero también es un fractal, un diseño geométrico que perfila sus
límites. El monolito es lo que desata el pensamiento, la curiosidad, lo que
hace que el hombre invente el tótem o la trascendencia de un dios; es ante todo
el viaje de la mente, una puerta estelar, una entrada a pasillos que conectan
con puntos lejanos del universo, la acción a distancia.
La segunda llegada de los
astronautas a la plataforma lunar donde se halla el monolito, provoca la
apertura de un viaje que nos conecta con algo que la civilización sembró, según
la leyenda de la novela y del film, hace 4 millones de años. La leyenda fílmica habla de la semilla de la
inteligencia que en la pantalla es un bloque sólido, compacto e insondable que
produce la curiosidad y desata el viaje.
La ficción cinematográfica supone que en el futuro –los 4 millones de
años hacia adelante- algo pudo poner en el pasado el monolito, convirtiendo el
relato en un eterno retorno tan cerrado como el inescrutable monolito.
2001 no puede remitirse tan solo
a esa fecha que únicamente da título a la película, podría ser 2060, 2103, 2200,
aunque en el film es evidente una atmósfera de pop-art y un ambiente
familiarista de costumbres anglo-americanas del siglo XX. Por eso alcanza a
parodiar el familiarismo alentado por las telecomunicaciones como ya es común
entre nosotros, hasta en los más apartados lugares del espacio, el familiarismo
invade el viaje: llamadas telefónicas, trasmisiones de televisión, cumpleaños
audiovisuales; la escala del progreso técnico convive con los sentimientos y la
moralidad de la que seguimos siendo prisioneros, mitos en los que ya no creemos
y que conviven con la técnica más avanzada. La técnica siempre corre el riesgo
de la obsolescencia y si hoy lanzáramos un objeto espacial con la tecnología
que conocemos, a la vuelta de veinte años, tendríamos la evidencia cínica de
haber puesto en el infinito no más que
chatarra. Los humanos de 2001
confían plenamente en la eficacia del supercomputador Hal 9000, empero Hal no
vacila en ver amenazada su omnisciencia, en depender de una desconexión
posible, “él”, que se considera el único en llevar a cabo con éxito la misión,
lo que le da un carácter humano demasiado humano, la megalomanía y la
autosuficiencia. Por otro lado se supone que un ordenador allí, debe ser
perfecto, lógico e infalible, y que jamás podría albergar ese tipo de
comportamientos, lo que no sucede.
En el espacio sin límites pero
con contornos, el cerebro-monolito es un laberinto, laberinto de lo porvenir y
ante todo laberinto del pasado; en dicho laberinto nuestra existencia deviene
fantasmal ¿el viaje en el tiempo nos convierte en fantasmas? En la nave
espacial Hal 9000, es la máquina que reproduce la inteligencia pero parece que
ha llegado a la edad en que ha asimilado afectos humanos imposibles de albergar:
miedo, nostalgia, engaño, premeditación, crimen, gritos de compasión, locura,
infantilismo y agonía, el programa humano.
Todo gira alrededor del monolito
vigía: primero en un pasado prehistórico, con nuestros vecinos homínidos en los
que ya se asoma el sentimiento de incomprensión, desasosiego o de duda; luego
en la Luna y en las cercanías de Júpiter ¿quien lo instaló allí? En el film una
misión espacial solo puede tener un objetivo: obtener información,
instrumentalizar, extraer recursos, colonizar. No se puede acceder a las
preguntas, al para qué, al quién, al por qué. El objetivo de la misión es
evitar un shock cultural, taponar el error, mantener el juego de las
apariencias y de la opinión, como en aquella conversación en la nave central,
en donde los intereses de inteligencia militar se ocultan con los buenos
modales, la convención y la cortesía. En la Luna los astronautas evitan la
pregunta y la desvían, adoptando los roles más convencionales, rueda de prensa o fotos de atracción
turística, noticiarios y facebook como lo hacemos hoy.
Antes de postular la idea de un
monolito como fruto de una inteligencia extraterrestre, lo que está más acorde
con la ficción sería la hipótesis fantástica, según el contexto del film, de
que nosotros, la humanidad que somos, como señalábamos, ya habríamos viajado al
futuro y por una puerta estelar, habríamos depositado el monolito técnico en la
Luna o en Júpiter como un vigía o un faro para los que apenas vamos en nuestro viaje
en el tiempo, con nuestros precarios aparatos, frágiles como somos, hacia nuestra
Itaca cósmica, de la que la inteligencia humana es tan sólo una respiración
exaltada (los astronautas respiran en el film dando cuenta también de su
fragilidad). ¿Inteligencia tan solo o falla
humana, estupidez, regresión, insensatez? El monolito es la metáfora física
sobre el tiempo pero también sobre la mente que sabe que viaja, sobre los
mismos límites de la inteligencia; el término Odisea así lo sugiere, la Itaca
cósmica de la que se parte y a la que se regresa, es el ingreso, la
inscripción, como lo dice el psicoanálisis, la mirada hacia adelante que es
también una vuelta atrás. Nuestro
cerebro técnico es un monolito, un artificio, una estructura geométrica que abriga
el infinito, es el Aleph de Borges cuyo laberinto es el tiempo, un sólido
perfecto, un arquetipo platónico, la forma de la Idea. El demiurgo o el
artífice de dicho artefacto es el tecnólogo humano demasiado humano que teme,
se alarma, se confunde, lucha, se adueña y se liquida: el retorno a la infancia
es también la amenaza de desconexión, la pérdida de funciones, el regreso a la
horda o a las primeras canciones de cuna como la cantinela ¡Deisy, Deisy! de
Harry Dacre de 1892, cantado por la computadora. Pero hay un laberinto de menor
peso que estaría por descubrirse, un eterno retorno abierto a lo
desconocido.
El monolito se había resistido a
cualquier tipo de análisis de su estructura, sin génesis ni origen, sin dar señas
de ningún tipo de actividad, impenetrable y liso, no parece presto a la
interacción, sólo la luz y su incidencia en un sentido háptico, es decir
táctil, lo hace reaccionar y básicamente lo primero que muestra es su mecanismo
de defensa, una alarma. En el primer acto lo que los monos descubren al
contacto con el monolito es la inteligencia práctica, la mano que se extiende y
que confusa aún entre la agresión y el gesto técnico, intenta auto comprender el estar ahí en el mundo o el sentido de
la supervivencia; el centro de la metáfora es el hueso que se lanza al espacio que
también es la nave que viaja en toda las dimensiones. En el segundo acto, en la
Luna, al recibir el monolito el primer rayo de Sol ante la presencia de los
astronautas emite una potente señal acústica que ensordece. Ya en el tercer
acto David el astronauta, desconectador y desconectado, es un tipo humano que
tiene las capacidades necesarias para dar el siguiente paso en la escala
cósmica, es el hombre que vive la civilización en solitario y que como en el
viaje de Moby Dick de la novela de Melville, ha desviado el objetivo, el fondo
irracional de la voluntad de poder científica, para encontrar una visión sin
fronteras ni distancias. En el cuarto
acto, en los alrededores de Júpiter, el astronauta expuesto a la velocidad luz,
encuentra una puerta estelar hacia pasillos intratemporales en un viaje
sicodélico de formas y colores que le permitirán ver como en un museo de la
memoria, los lugares del pasado, produciéndole lo inevitable, el efecto
temporal del envejecimiento y la uterina inmersión en el espacio.
Esos salones inmóviles tampoco parecían
reclamar interacción, pero al acercarse hacia ellos, provocan la inquietante
extrañeza de lo familiar, lo ominoso, lo terrible que como dice Antígona,
también hace parte de nosotros. La
habitación decorada al estilo Luis XVI con su inquietante extrañeza, hace que
todo lo familiar se torne desconocido; el astronauta es ahora una presencia
invisible, un desnivel temporal que supone que quien viaja al pasado termine
convertido en fantasma. Bowman envejece en ese precipitado temporal y puede
verse moribundo en la cama y la cuarta dimensión en el humor negro del film, se
convierte en regresión, transición al estado de feto dentro de la bolsa
amniótica flotando en el espacio sobre la tierra, en un apoteósico final con la
música de Richard Strauss su Así habló
Zaratustra, que precisamente como en Nietzsche, conecta con el recomienzo
la desmaterialización.
David es trasformado a un nuevo
tipo de vida ya no regresiva, sin limitaciones del cuerpo físico, y finalmente
devuelto a la Tierra, como ya lo sugería el planeta Solaris en Tarkowski, una
devolución que tendría que recomenzar en el cerebro del espectador. Si la
anomalía técnica había llevado a Hal a desórdenes sicológicos, arrastrado a una
cascada de mentiras y engaños, es porque el objetivo militar de la ciencia para
la misión, tenía como conclusión lógica la eliminación de aquellos que pudieran
poner en riesgo el objetivo, para ello el film recurre a la planitud de la
imagen, en donde el acto de habla no se contenta con hacer ver, él mismo ve, se
trata de esas voces que ven que tienen un ojo en la voz, o en cierto modo una
acto de oído en el que el habla es vista, como si él mismo se trazara un camino
en la imagen visual. La regresión de Hal 9000 al estado de bebé, se torna en el
ingreso en el afuera del astronauta, estado de soledad alucinante que permite
el pasadizo temporal tanto más peligroso cuanto más se venza a la toda poderosa
organización de Hal.
“Si consideramos la obra Kubrick vemos hasta qué punto lo que está
puesto en escena es el cerebro. Las actitudes de cuerpo alcanzan un máximo de
violencia, pero dependen del cerebro. Es que en Kubrick, el mundo, como la gran
mesa circular y luminosa de Doctor Stangelov,
teléfono rojo, volamos hacia Moscú, el ordenador gigante de 2001 la odisea del espacio, el Hotel
Overloock de El Resplandor, la
piedra negra de 2001, preside tanto
los estadios cósmicos como los estadios cerebrales: ella es el alma de los tres
cuerpos, tierra, sol, luna, pero también el germen de los tres cerebros,
animal, humano, maquinístico. Si Kubrick renueva el tema del viaje iniciático,
es porque todo viaje en el mundo es una exploración del cerebro (…) pero si el
cálculo falla, si el ordenador se trastorna, es porque el cerebro no es un sistema
razonable más de lo que el mundo es un sistema racional, la identidad del mundo
y el cerebro, el autómata, no forma un todo sino más bien un límite, una
membrana que pone en contacto un afuera y un adentro, los hace presentes el uno
al otro, los confronta o los afronta. El adentro es la psicología, el pasado,
la involución, toda una psicología de las profundidades que mina el cerebro. El
afuera es la cosmología de las galaxias, el futuro, la evolución, todo un
sobrenatural que hace explotar al mundo. Las dos fuerzas son fuerzas de muerte
que se abrazan, se intercambian y en última instancia se tornan indiscernibles.
La loca violencia de Alex, en La naranja
mecánica es la fuerza del afuera antes de pasar al servicio de un orden
interior demente. En La odisea en el
espacio, el autómata se trastorna desde dentro, antes de ser lobotomizado
por el astronauta que penetra desde fuera (…) El mundo-cerebro es estrictamente
inseparable de las fuerzas de muerte que perforan la membrana en los dos
sentidos. A menos que se opere una reconciliación en otra dimensión, una
regeneración de la membrana que pacificaría el afuera y el adentro y recrearía
un mundo-cerebro como un todo en la armonía de las esferas. Al final de La odisea en el espacio, es una cuarta
dimensión donde la esfera del feto y la esfera de la tierra tienen la
posibilidad de entrar en una nueva relación inconmensurable, desconocida, que
convertiría la muerte en una nueva vida”. Gilles Deleuze Imagen-tiempo pág 273.
Mientras tanto
nuestra existencia fáctica como seres para la muerte, nos hace pensar en
aquello que Antonioni lúcidamente y sin dejar de ser ominoso, nos plantea,
cuando dice que nuestro conocimiento no vacila en renovarse, en afrontar
grandes mutaciones, mientras que nuestra moral y nuestros sentimientos siguen
prisioneros de valores inadaptados, de mitos en los que ya no cree nadie y que
para liberarse sólo encuentran pobres recursos cínicos, eróticos o neuróticos.
Antonioni sabe del desfase que existe entre el progreso científico y los sentimientos
de la humanidad: “el hombre está
preparado para deshacerse de conceptos tecnológicos y científicos cuando
resultan ser falsos, pero en el campo de las emociones hay un total
conformismo”. Lo que Antonioni
critica entonces, es la paradoja y la irracionalidad de las emociones humanas, nuestra
confianza en el avance técnico y nuestra conformidad a la vez con nuestras
regresiones emocionales. En su película Identificación de una mujer la
búsqueda del sentido del arte y del objeto del deseo se hacen uno, un viaje por
la incomprensión y un paso en el umbral de las emociones para traspasar la
coexistencia de un cerebro moderno con un cuerpo fatigado, gastado y neurótico.
Lo que prima finalmente es la pregunta del niño, el deseo de una película de
ciencia-ficción que más allá de la comprensión de las emociones humanas, opacas
e insondables, y de la enfermedad de los sentimientos, permita ir al centro del
Sol, realizar el viaje estelar que la obra de arte intenta llevar a cabo,
traspasando la inevitable coincidencia entre progresión y regresión. La mejor ciencia-ficción se acerca a lo peor de
nosotros mismos, pero también a nuestros pasadizos temporales que si bien
dependen de frágiles posibilidades, permiten vislumbrar la Itaca lejana.